lunes, 16 de abril de 2012

LOS POLLOS QUE COMEMOS



los pollos que comemos están adulterados,

como aquel hombre de traje que miró a los tres costados,

que conversó con la derecha y también con los colorados,

que ató con hilos de chorizo las aletas de un fino pescado.


como tu próximo matrimonio, como el sueño del borracho,

como las papas envasadas y nuestros años pasados.

como las almas del poeta por el camino encantado

como el color del futbolista, como la tele y el diario


como la melancolía del ladrón enmascarado,

como mis ganas de verla, como su sueño frustrado.

JB

jueves, 8 de diciembre de 2011

UNOS PATIS


UNOS PATIS

Soy un capitalista, porque como pati,
quisiera ser Revolution, pero como pati,
hablo mal de Miami, como pati,
de una camisa rosa, y como pati.

Quisiera ser más preciso, cuando coma un pati,
sin descartar el vicio, - uno más pati,
anoche pensaba en vos, al comer un pati,
soñaba que viajábamos a comer unos patis.

Así que de pronto me fui, llevándome ésta otra mueca,
pensar, la vida es al fin, nada más que una bella orquesta;
hablar mal del quien no los tenga será una cuestión grotesca,
aunque sólo defienda los patis de mi familia honesta.

A veces sólo mis patis tienen que ser Armani,
y hoy mientras tomo mate, y pienso que mi Argentina merece unos buenos patis,
deseo una gran maldición para un asqueroso en Miami,
que con camisa rosa y agitando unos Bloody Mary

(el segundo para su esposa que esté mirando Titanic),
con una agenda completa y amigas funny funny,
y un deber para con el pueblo: asegurarle unos ricos patis,
que no sea como nosotros, que no somos ningunos ladri.


Al menos yo no lo soy, el resto es muy sorprendente
y este será un secreto que nunca nadie secuestre;
no sé si en verdad deseo dejar este "delincuente",
sólo sé que como patis y quisiera ser más coherente.

Tal vez en la mesa larga, con "la gente del montón",
unos que muestren sus dientes y otros que crean en Dios,
me sienta mañana a gusto desmenuzando el carbón,
y relojeando en el horizonte el rostro de Eva Perón.

O quizás viva la fiesta cenando con Los Papota,
admirándonos nuestros patis, liquidando unos Luigi Bosca,
aprendiendo antes que nada a no saber de la derrota,
y a ser alguien en la vida, con tarjetas poderosas.

Manejemos este misterio, como lo hiciera Allan Poe,
en el fondo del asunto todos somos artistas,
el vecino canta canciones, pero vos sos lo que sos,
y quisiera ser más joven, pero sos capitalista.

Manejemos, decía, este asunto,
démosle alguna definición,
sabiendo que en otra parte alguien ya fabricó,
el pati que está en tu cuello, el que él no pudo comer hoy.

No te gustan las canciones del vecino,
lo visitarías para enseñarle el error,
luego comerían unos patis,
y antes de irte cantarían su canción. 


JB

lunes, 12 de julio de 2010

PAULINA Y EL CONEJO (combate mental uno)



Caminaron por la plaza (como casi nunca) a comprar alguna leche, unos cigarros y unos huevos. Llevaban puesta una sonrisa que altercaba su presencia en cada día, pero rara vez se ausentaba. Hablaron de lo que tenía que pasar más tarde y era costumbre que a diario esto suceda. Así creían trazar cada día, el utópico camino a una vida soportable.

En la despensa no hacía un minuto que esperaban su turno para ser atendidos, cuando un movimiento extraño que nadie comprendió en aquel lugar, desató la furia entre ambos: Paulina levantó gradualmente el tono de su voz increpando a su conejito de indias, hasta provocar el colapso eléctrico de la propietaria, que cruzó punzante su desatino y le advirtió – Jovencita, en mi almacén no se grita. El muchacho se disculpó por ambos, pagó sus cosas y salió a la calle, donde lo esperaba ansiosa para continuar su descargo. Fue una discusión breve y menguó la tensión para su suerte en unos pocos minutos.

Cuando entraban en un laberinto como aquel, embadurnado de ira, no sabían cuándo ni cómo saldrían, así que a veces, con mayor ilusión en salir airosos que triunfantes, (en un duelo que ya habían aprendido que no sería el último mientras se vieran las caras) y en simultáneo, cada uno de ellos concentraba su atención en cómo abandonar el lugar, restando importancia así a una posible victoria o derrota, cualquiera de ellas con una abundante salsa de remordimiento y cansancio. Incomparable cansancio.

Luego él recolocó el chip en su tobillo, ella activó el radar y se despidieron.

A la hora de la cena con su infalible puntualidad él regresó a casa. Allí lo esperaba dispuesta a compartir como siempre la ceremonia nocturna de una vida dedicada al combate. Había un pastel de papas en la mesa y un jugo de naranja que Paulina había construido con capacidad de madre. El y su amor se sentaron a comer con su novia.

Su amor era firme y omnipresente (según comentaba a sus conocidos), pero era en la noche y sobre todo al acostarse cuando el conejo más lo sentía. Paulina en cambio vivía cada instante con la misma intensidad, y aprovechaba cada cena para observar al conejo y relamerse por su eficacia.

El le contó haciéndose el convencido cómo encararía algún nuevo proyecto y Paulina le prometió acompañarlo en lo que sea. Luego ella muy parleta volcó algunas polémicas en la charla, las que muy sutil supo tratar como liviandades. Arribó entonces a la sobremesa el Leitmotiv de su mancomunada sobrevida : la fidelidad. Allí se abarcaron uniones maritales, comparaciones varías (amigos de ambos, padres, famosos), y concepciones sobre el tema con absoluta conformidad verbal. Luego el conejo exhausto la besó en la frente, y mirándola a los ojos manifestó quererla más que nunca, y se fue a la cama. Ella lavó los platos mientras pensó en su padre, luego en su madre, en sus uñas y lo siguió.

Paulina se acostó al lado del conejo y empezó a susurrarle algún mimo. El sintió que debía agradecer la adoración que recibía así que olvidó el fútbol del televisor y la besó con furia, actuando esta vez de libidinoso. Sintonizaron la misma idea y la llevaron a cabo. Ella como siempre comandó el principio de la aventura carnal: Se paró sobre la panza del conejo y le obsequió un pis cargado de pasión, a desparramarse por su abdomen. Este, cada vez más complacido, se puso el disfraz del macho que en verdad era, la acostó de un tirón y le regaló su mejor caca, depositándola en toda su frente. Se separaron un instante para comer los restos de sus desechos que habían alcanzado la sábana. Luego se vomitaron, y alcanzaron al hacerlo, un clímax muy particular.

Cada noche al hacerlo comprendían que ya no les quedaba nada por compartir, y así, muy lentamente, entretejiendo con enfermo escrúpulo un plan a prueba de cualquier destino, Paulina (que no era una mala persona), una madrugada de mayo de 1994 después del coito, convenció al conejo que había llegado el momento de tener un hijo.

JB
 
* Dibujo: Detalle 3 " perder para ganar ". Marcelo Rizzo.